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Leonora Carrington, La Novia Del Viento

Mujer-pintora
Mujer-madre
Mujer-amiga
Mujer-voz, pincel u bronce
Leonora es… mujer legado

Sus pinturas –sus figuras misteriosas, sus rostros expresivos, su luz y su tenebrismo– contienen la clave de una vida intensa marcada por una estancia de pesadilla en un sanatorio de Santander. Fue la última surrealista. En cierta ocasión dijo: “Nunca tuve tiempo para ser la musa de nadie. Estaba demasiado ocupada rebelándome contra mi familia y aprendiendo a ser una artista”.

Leonora es la rebelde del pincel, y lo fue por su carácter aguerrido desde niña. Nacida en 1917 en Inglaterra, perteneció a una familia millonaria. Los Carrington eran “casi” aristócratas, su padre empresario del algodón y accionista principal de la importante Imperial Chemicals, guardaban todas las formas del las “familias bien”. Incluido el trato estricto e inflexible.

La niña Leonora vivía fugada de ese mundo entre las narraciones fantásticas de su nana irlandesa, los cuentos celtas de su madre (aunque fueran pocos y esporádicos), pero sobretodo su oxígeno estaba en las colinas verdes e imponentes de Lankashire, Inglaterra, donde no sólo corría y trataba de jugar persiguiendo a sus hermanos, sino donde montaba a su yegua blanca, su adoración… que veremos después tantas veces pintada en sus cuadros. Se convertirá en su alterego, junto a una hiena burlona y salvaje, de ubres cargadas que significará toda su rebeldía y fuerza sexual.

Leonora Carrington creció en un mundo donde las reglas sociales y morales exigían un comportamiento impecable; digno de una señorita de “alta sociedad”. Vivió y sufrió en carne propia el trato diferente por ser “niña”: aquí te quedas, te guardas, no te asolees, no te ensucies, bordas y te comportas.

–¿Mamá, yo soy un caballo, sabías? –así interrumpía la niña Leonora, impertinente. Era la hora del té y todos debían de guardar silencio
–Shhhh. ¡Leonora!
–¡Es que sí lo soy!
–Shhhh, niña por favor.

Leonora pasó de institución a institución, no duraba mucho en ninguna de las escuelas a las que llegaba. El último director de una importante escuela en Essex la tachó de “ineducable” o “quizás con un problema mental”. Entre enojos y vergüenzas los Carrington encontraron una solución para su “niña-caballo” mandándola a Italia.

La liberación comenzaba para Leonora, aunque fuera en un instituto para señoritas, el Miss Penrose, de Florencia, donde las niñas de la alta sociedad de toda Europa asistían para formarse. En esta ciudad con sus plazas decoradas por esculturas de los grandes artistas del Renacimiento, y el aire bohemio y artístico que se vivía, despertó aún más la sensibilidad de Leonora por la pintura.

Primeras obras

En 1932, a la edad de 15 años, toma las acuarelas y comienza en serio a pintar. “Spirito di Firenze” es un cuadro que nos queda de esos días: en tonos azules un demonio, gárgola, vuela por encima de las Torres de la Ciudad; no sabemos si es de 1932 ó 33, durante el tiempo que estuvo con las niñas del Penrose, lugar en en el que no estuvo mucho tiempo porque sus papás la mandaron a una escuela privada de modales para señoritas. Simultáneamente ella encontró clases de pintura con un excéntrico profesor de apellido Simon, pero los Carrington no lo iban a permitir y la regresaron a Inglaterra.

Leonora Carrington: el arte y el misterio » Avance y Perspectiva

“Spiritu di Firenze”, 1932-1933

A la edad de 17 años, sus padres comenzaron a buscar un buen prospecto para ella. Pero antes, la pintora en potencia dejó una serie de acuarelas, poco conocidas, de nombre “Sisters of the Moon”. Éstas, más que un legado pictórico, son una huella del carácter y los intereses que habitarán para siempre en Leonora: “los poderes de lo oculto femenino”, la mujer, los mitos, su historia.

A pesar de los intentos de sus padres para que Leonora se convirtiera en una señorita de sociedad, su espíritu rebelde y creativo se impuso. Leonora deja esta odiada época de su vida plasmada en un cuento que titula “La debutante” (nombre que se le daba al vals de presentación en sociedad o “bal de débutante”).

Nunca le llegaron propuestas de matrimonio y  Leonora aprovechó esto para darle un vuelco de tuerca a su historia: estudiar pintura, esa fue su petición. Entrar al Chelsea School of Art de Londres. Por supuesto que su padre se negó rotundamente, pero ella aún así lo consiguió y no sólo eso, sino que comenzó a tomar lecciones privadas con maestros como Jean de Botton, especialista en pintar bustos y el cuerpo humano. Leonora estaba convencida de aprender técnica y estilo, calidad y propuesta.

La Academia y el suceso que le cambió la vida

En 1935 fue aceptada en la prestigiosa academia Ozenfant, que dirigía el pintor francés del mismo nombre (Amédée Ozenfant), famosa por sus formas estrictas y perfeccionamiento del trazo y el dibujo. Fue alumna en este lugar durante tres años. Leonora después contó que en esa escuela dibujó una manzana, la misma manzana, por casi seis meses, hasta que fuera perfecta: “Le debo mucho de lo que sé. Porque pintar puede cualquiera, pintar bien y con técnica, no”, aseguraba.

Pero fue justamente en su tiempo en la academia Ozenfant que la vida le tenía preparada una sorpresa. Resulta que había llegado a Londres a exponer uno de los mayores representantes del surrealismo, un pintor cuyos cuadros aparecían en todas las revistas de sociedad y cultura, el famoso Max Ernst: alemán, muy bien parecido y ¡nada más! 27 años mayor que Leonora. Ella conoció el arte de Max porque su madre se lo había mostrado cuando salió publicado en una famosa revista. Después, una de sus mejores amigas la invitó a cenar a su casa: Max era el invitado de honor, amigo de su esposo. Leonora asistió. Se enamoraron y mantuvieron una relación durante dos años en París hasta que en 1939 el estallido de la Segunda Guerra Mundial los separó.

Leonora sufrió episodios psicóticos por la abrupta separación con Max y por las consecuencias de la guerra. Su familia, al enterarse de esta situación y al ver a una vulnerable Leonora, decidieron internarla a la fuerza en un manicomio en Santander, lugar donde estuvo encerrada durante seis meses. Pero esto no apagó la creatividad de Leonora, sino que transformó su visión artística, misma que quedaría plasmada en su obra. Además, de este encierro es que surgió uno de sus libros más famosos, Memorias de Abajo, en el que Carrington habla sobre sus días terribles en el sanatorio.

Las versiones sobre cómo y cuándo salió del psiquiátrico son variadas. La más aceptada es que escapó de una de sus cuidadoras cuando estaba siendo transportada a Lisboa por orden de su padre. Leonora se enteró de que su familia planeaba mandarla a otra institución mental, pero ahora en Sudáfrica. En un descuido de su “guardiana”, Leonora toma un taxi y pide ir a la embajada de México en Lisboa (Portugal), donde pidió encontrarse con un antiguo amigo que laboraba ahí, Renato Leduc. Carrington le pide ayuda para poder salir de Europa y viajar al nuevo continente en búsqueda de paz.

Renato buscó por todos los medios ayudarla, nada funcionaba para salir de Europa: las migraciones masivas de intelectuales y todos los que buscaban salir a América para huir de la guerra saturaban los barcos y los permisos se hacían casi imposibles. Fue entonces que Renato tomó una decisión: casarse con ella. Como su esposa podrían migrar sin problema a Estados Unidos o México. Él era diplomático, periodista, poeta y con muchos contactos. Y así fue que en un barco de refugiados de todo tipo salieron de Lisboa como marido y mujer en 1941 rumbo a Nueva York, donde vivirían juntos por un año para después irse a México.

 

Self-Portrait (The Inn of the Dawn Horse) - Leonora Carrington ...

“The Inn of the Dawn Horse”, 1938

André Bretón, el padre de la corriente surrealista, sostenía que México era “la patria natural del surrealismo”. Si Bretón estaba en lo cierto Carrington no pudo encontrar un lugar mejor para su exilio. En México se casó con el artista húngaro Chiki Weisz, fotógrafo y sobreviviente de la guerra al igual que ella. Con él tuvo dos hijos, Pablo y Gabriel. En esta época, frecuentó la compañía de exiliados españoles y de artistas e intelectuales mexicanos. Aquí conoció a Remedios Varo, también pintora y también surrealista, quien se convertiría en su gran amiga y le ayudaría a encontrar nuevos caminos en su obra.

Así continuó su vida en México, creando, conviviendo, y levantando su voz a través del pincel cuando lo consideraba necesario, como en 1968 cuando la pintora apoyaba a los jóvenes de la UNAM –sus hijos estudiaban ahí. Pero la matanza del 2 de octubre movió todos sus recuerdos de guerra y destrucción. Decidió no quedarse, ni poner en riesgo a sus hijos, no quería esperar a ver si México se volvía otra Europa de la guerra que persigue y desaparece inocentes. De este suceso surgen dos grandes obras, “Lepidóptera” y “Operación miércoles” (haciendo referencia al miércoles 2 de octubre, día de la matanza de estudiantes).

Leonora Carrington: recordando a la hechicera irónica ...

“Lepidóptera”, 1968

Sumó también su voz y pincel a las feministas de todo el mundo, que en los años 70 salían con fuerza a las calles pidiendo decidir sobre sus cuerpos y su vida. En  su regreso a México fue una de las fundadoras del movimiento de liberación de la mujer.

El 25 de mayo del 2011, murió la rebelde del pincel. Así vivió Leonora, con integridad y entregada a su pintura. Fue longeva, 94 años de creación y sentido. Los últimos los dedicó a la escultura. Y así fue su vida: intensa, creativa, cargada de significados hechos arte. Una vida con sentido.

Museo Leonora Carrington, un reino de otro mundo | México Desconocido

“La barca del cocodrilo”, 1998

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